Mi Historia

Durante años fuí el clásico ingeniero civil con una vida aparentemente sólida:
responsabilidad, rendimiento, proyectos complejos, y una fe ciega en el control y en lo racional.

La trampa es que el control funciona, hasta que deja de funcionar. 

En 2015 estaba en Medellín y el cuerpo colapsó. No fue una metáfora. Fue el recordatorio más serio de mi vida: puedes ser brillante y aun así estar perdido por dentro.

En el hospital esos días tuve un sueño que todavía puedo sentir en la piel.

Estaba en el desierto del Sáhara, tumbado en una duna bajo un sol abrasador.

Tenía sed, una sed desesperante. Pensé “voy a morir” y lo supe con una certeza física. A lo lejos vi acercarse una figura oscura: un tuareg sobre un camello.

Su calma era maravillosa, como si el mundo fuera suyo. Llegó, me extendió su mano, yo extendí la mía, y en el instante en que la agarré sentí un tirón, como si una fuerza me sacara de mí mismo. Caí sobre el lomo del camello, boca abajo, notando el calor del animal, su olor, su pelo. El camello empezó a caminar y vi el destino: un oasis.

Me desperté en la sala de reanimación del hospital y lo comprendí de golpe. Ese sueño era como si algo sabio dentro de mí dijera: te doy otra oportunidad, pero cuidado con seguir viviendo en un desierto interior. Ahí nació todo.

 

Ese sueño me dejó dos certezas.

Una amable:

hay salida, hay agua, hay vida.

Y otra incómoda:

no puedes seguir empujando en la misma dirección y esperar otro resultado.

El inconsciente no pide discursos.
Pide decisiones.

Por eso, después de salir del hospital, pedí un año sabático.

Y esa es la parte que suele faltar en las historias y que, si no se cuenta, todo suena bonito pero cojo. En ese año empecé a reformarme con rigor, paciencia y práctica, de nuevo, como un adolescente.


Me formé por años como experto en Jung en su instituto en Zúrich, estudié desarrollo personal en profundidad (y hoy coordino formaciones sobre Desarrollo Personal en IPP de Sergio Fernández), cursé el Máster de Técnicas de Terapia Transpersonal de Marly Kuenerz (y hoy soy profesor y codirector del Instituto Marly Kuenerz) y arranqué mi formación como entrenador de natación y como entrenador de CrossFit.

Entrenar y estudiar a la vez te enseña algo que no perdona: entender no cambia nada si no lo conviertes en acción repetible.

Mientras tanto, volví a la ingeniería. Y durante un tiempo intenté encajarlo todo otra vez. Pero ya no cuadraba. Ya no podía sostener la separación típica: por un lado lo profesional y lo racional, por otro lado lo emocional y lo interno. Ya había visto demasiado. Ya había comprobado que el mundo interior no es un lujo, es parte de la vida. Y cuando algo no te cuadra, lo acabas pagando en salud, en amor, en dinero o en tiempo. Así que tuve que elegir.

Me marché.

Y de esa elección nace LPJ.

Mi trabajo no es convencerte de Jung.
Mi trabajo es traducirlo.

Jung es potente, pero es complejo

Su lenguaje mezcla psicología, símbolos, mitos, cultura e historia, y si no lo aterrizas se queda en cultura general.

Yo lo bajo al siglo XXI con un criterio simple: si no se nota en tu vida, es entretenimiento.

Si lo que descubres por dentro no cambia algo por fuera, no sirve.

¿Curioso pero escéptico? Perfecto.

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Laureano Pérez

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